La guagua que esperas

Ella estaba sentada en la parada de la guagua. Entre 30 y 55 años. Una edad sin identificar, pero con cara de cansada. Bolsas de supermercado en el suelo y miradas constantes al reloj. Un vestido largo, hasta la rodilla, el bolso sobre sus piernas descansando. Entonces, llegó él.

Era un señor de más de 60 que venía balbuceando algo incomprensible, mientras, cual tren de vapor, expulsaba humo blanco y constante por boca y nariz. La conversación personal que mantenía consigo mismo arrolló a la señora que acabó por interactuar. “Pues llevo veinte minutos esperando la 30, aquí sentada y con todas las cosas que tengo que hacer”, señaló la señora volviendo a mirar el pequeño reloj y queriendo expresar su queja al hasta entonces desconocido que pasaba por allí indignado con el mundo. Él la miró y dijo “nosotros aquí tirados al sol, mientras que ellos se pelean por Infecar o un tren o a saber que…”, repuso negando con la cabeza y mirando la carretera desesperado.

Después de un silencio no muy prolongado, él volvió a la carga. “Lo de las guaguas es mucho”, sentenció para siempre con su frase inicial. Ella cambió de postura, rostro y adoptó una pose más cercana a aquel tren humeante que hasta hacía menos de tres minutos no conocía y comenzó su relato: “El otro día estaba en el Parque de Santa Catalina y al picar el bono la pantalla se puso negra”, dijo, y le preguntó airada “¿Y sabe qué me dijo el chófer cuando se lo comenté?”.

Él no contestó pero le aguantó la mirada sostenida y con arrugas esperando algo más. “Pues que me buscara la vida, que él estaba para conducir”, balbuceó la señora recordando la sensación de ninguneo que le abordó por entonces y que ahora volvía a sentir. El hombre dio un salto del incómodo asiento de la marquesina y se puso en pie: “Además son todos unos malcriados hombre, unos malcriados”; ella puntualizó pacificando “todos no, todos no”.

Segundos después llegó la 30. Se montaron en una guagua llena, en la que casi no cabía nadie y que había llegado media hora tarde. Se colocaron en lugares totalmente distintos y no se volvieron a ver nunca más.

La unión ante un problema conjunto se había disipado en cuestión de segundos. La queja común quedó aguada por la satisfacción engañosa de la solución inmediata. Esa es la debilidad mayor de una sociedad individualizada, en la que cada uno, después de solucionar un problema temporal, únicamente espera a que surja el otro. Entonces ya se verá.

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2 comentarios

  1. qué gran post, sobre todo por el final “Esa es la debilidad mayor de una sociedad individualizada, en la que cada uno, después de solucionar un problema temporal, únicamente espera a que surja el otro”, alque yo sólo añadiría que no sólo es por individualismo sino por la costumbre consumista de la satisfacción rápida y fácil.

  2. Muchas gracias mojorero por la loa y por la visita 😉

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