Machu Pichu Express: Días 3, 4 y 5. Mancora-Lima-Cusco

De las últimas 44 horas he pasado 41 en guagua. Vacaciones en la carretera, podría parecer. Antes de esto, pasé la Nochebuena en la playa de Mancora. Comí un rico pescado fresco con los pies descalzos en la arena y un suave sol dorándome la piel, que falta me hace. Todo por 3 dólares, un escándalo. En Mancora, poblado enloquecido, pasaron demasiadas historietas de capítulo de comic en pocas horas. Pequeños extractos de historias mayores carentes de más tiempo de escuha y habla.

No les hablaré de Tör, un ciudadano noruego con cara de prejubilado, tatuado hasta las muelas, vividor de la parte más burda y blanca de la noche y que sentía que le perseguía la policía peruana y la noruega. Miraba a las cámaras del hostal y decía que le vigilaban a él pero que no le importaba.

Tampoco mencionaré a un neurocirujano, el doctor Vallejo, que cual Tritón en el mar, campaba en la piscina y al descubrir que eramos de Canarias nos contó una borrachera que cogió en el Loro Parque y nos habló de su hotel, uno de la capital chicharrera en la que le esperaba “compañía”.

Ya me he olvidado de Andrea, una chavala de 34 años capaz de cantar todas las canciones españolas de la década de los ochenta sin un solo error e incapaz de mantener una conversación durante 30 segundos seguidos sin saltar, cual loca, a otro absolutamente dispar. A esta hora, seguirá en la mesa de terraza hablando y cantando algo de Loquillo y los Trogloditas.

Después de Mancora, hacia Lima. Diecisiete horas de guagua cruzando un fascinante desierto que nos rodeaba y se comía la carretera poco a poco. En ocasiones Perú parecía Marruecos y la sorpresa era mayúscula por inesperada. La entrada a Lima (8 millones de habitantes) por el Norte deja la boca abierta y no queda más que la propia reflexión y volverla a cerrar. Las casas se superponen y la población se amontona, como la basura que atesta cada esquina. Se que no es el comentario más antropológico, pero es la realidad inevitable a la vista, sin análisis de fondo, sino de superficie.

Salir de Lima fue una odisea. Un laberinto sin final. Un cuadro con autopistas, carros, guaguas, coches, taxis, mucha gente y montañas de arena carcomidas por casas de barro o con suerte de Uralita. Destrozo social sin intento de remedio aparente. Los periódicos hablan de la Virgen María y los cambios en la policía por corrupción, mientras la gente se hacina para comer algo y morir mañana que hoy escapo.

Ahora estamos en Cuzco, después de 24 horasde guagua. Las rodillas algo maltrechas, medio resfriao, con barba de dos meses, con las gafas limpias para mirar, la cámara lista para retratar y el oido atento para escuchar. Escuchar el sonido, que no ruido, que emite la bella antigua capital del poblado Inka.

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