Machu Picchu Express: Aguas Calientes – Machu Picchu

2 de enero. Cinco de la mañana. Pueblito de Aguas Calientes. Esperamos la guagua que nos sube a Machu Picchu. Estamos a media hora de tránsito. Nada, está ahí mismo. Tras la montaña. El relato de esta expedición culmina aquí. El santuario es impresionante y cada uno debe juzgarlo. Creo que la única impresión que puede tener cada persona es asistiendo, observándolo, cerrando la boca cada vez que se le abra y disfrutando de los sonidos enterrados en aquel lugar. De los colores que emergen y desaparecen. Los que me conocen, saben que no soy amigo de las energías ocultas ni nada que se le parezca, pero en Machu Picchu la realidad es otra. Su ubicación, localización, construcción y como mira al mundo, hace del santuario un lugar mágico, especial y con energía. Mucha energía. Les dejo algunas fotos para que puedan imaginar lo que se siente, sólo les digo que para sentir hay que estar.

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Machu Picchu Express: Cuzco – Santa Teresa – Aguas Calientes

Ocho de la mañana. 1 de enero. Ciudad de Cuzco. La gente borracha danza por la mañana al son del pisco peruano. Nosotros, otra vez con la mochila a cuestas, nos vamos del hostal dejando pagada la noche del día dos, para a la vuelta tener techo. Pasan a las nueve. Una hora tarde, que se le va a hacer. Ahora somos los mismos tres canarios, un gallego, un burgalés, una portugues y cuatro brasileños.

Dificultades menores en la carretera

Dificultades menores en la carretera

El conductor se llama Alfredo y advierte: “Hay que correr porque la carretera está muy malita”. Corre y corre. Ollantaytambo y Abra Malaga. Lo pasa volando. Nos acercamos a la zona del derrumbe. Está preocupado. La neblina se atasca y no fluye. No enciende las luces, no vaya a ser que vea mejor. Le pedimos que ralentice la marcha, pero obvia a los pasajeros. Pasa la zona del derrumbe que se encuentra en muy mal estado y sonrie. Pero lo peor está por llegar.

Lluvias y charcos

Lluvias y charcos

Comenzamos, poco después, una carretera de tierra que durará unas tres horas. Pasamos de largo por Santa María. Hay que llegar al tren de las cuatro y no estamos en hora. Tomamos la ruta prevista y a mitad de camino nos advierten que tenemos que darnos la vuelta. Otro derrumbe ha situado dos piedras más grandes que el coche en el que vamos en la carretera y “el paso está imposible”. Hay una ruta alternativa, una hora más larga, la tomamos a toda velocidad y llegamos a Santa Teresa no sin dificultades, no sin atravesar ríos, no sin rozar el coche en la parte inferior cientos de veces, no sin ir marcha atrás con un desfiladero a menos de un metro. En fin, que se le va a hacer.

El tren del tambaleo nos lleva entre montañas

El tren del tambaleo nos lleva entre montañas

En Santa Teresa comemos y tomamos un tren que nos subirá a Aguas Calientes. Un pueblo anclado en las montañas y siempre paciente con el turismo que asedia Machu Picchu. Es la última parada antes del santuario. Creemos que merecerá la pena, pero la tensión en el cuerpo apenas nos ha dejado disfrutar de lo bonito del viaje. Un bañito en las aguas termales nos relaja, mientras fuera chispea y hace un frío de narices. Mañana es el día, pero antes jugamos una partida de ajedrez mientras tomamos una cerveza para distensionar.

Continuará…

Machu Picchu Express: Cuzco – Fin de año – Cuzco

30 de diciembre. Ocho de la tarde. Ciudad de Cuzco. Estamos apilados más de 20 personas en la agencia que vende el tour a Machu Picchu. El responsable, Gustavo, ha apagado el móvil. Una empleada llora por las esquinas. Noticias frescas: Gustavo está ebrio y no puede venir a responder por la empresa. Nos citan a las diez de la mañana del día siguiente. Aceptamos barco, porque si aparece ahora lo hundimos, capitán a bordo incluido. Al día siguiente, bien temprano, le lavamos la cara y se compromete a subirnos el 1 de enero. No es lo que queríamos, pero ir en tren está imposible y es muy caro. A todo esto, no tenemos hostal, es 31 de diciembre y estamos en uno de los lugares más solicitados del Perú. La gracia tiene sus dimensiones, no se vayan a pensar. Con las mochilas a otra parte, otra vez.

Para olvidarlo organizamos una cena de fin de año. 35 soles, menos dediez euros, en un un restaurante cuco, con chimenea encendida, lluvia en el exterior y menú escogido. El Año Nuevo se parte en la Plaza de Armas. Compramos champagne y ron. Son las doce menos cuarto y cientos de nacionalidades se agolpan en la plaza central del pueblo. Llevan horas celebrándolo. La plaza la rodea al menos tres iglesias y unas seis campanas. Ninguna suena. Desde las doce menos cinco hasta quince minutos después, la gente hace cuentas atrás y celebra el Año Nuevo corriendo alrededor del lugar. Anarquía y petardos por doquier. El peligro huele a pólvora y apenas brilla del humo. El 2009 comienza con un mar en forma de lluvia. Mañana, 1 de enero,  volveremos a intentar a subida a Machu Picchu. Las últimas noticias dicen que el tren se ha quedado atrapado por una piedra que cayó en la vía, que hay gente que no ha podido salir de Aguas Calientes y que la carretera está muy peligrosa.

Continuará…

Machu Picchu Express: Abra Málaga-Ollantaytambo-Cuzco

Un par de horas después del derrumbe, convencimos a Alan de que no era lo mejor permanecer pasivos ante una montaña que se caía a trozos, que escupía piedras. La vuelta no era limpia, la carretera estaba llena de grandes teniques que en más de una ocasión tuvimos que esquivar. El tema empezaba a ser peligroso y Alan decía que nosotros habíamos buscado turismo de aventura. Él quería que tomásemos un tren en Ollantaytambo, el lugar de las ruinas preciosas y la historia romántica detrás. Para ello debía correr cuesta abajo, con la carretera empapada, lloviendo a mares, una neblina que no dejaba ver casi nada y con continuos desprendimientos. Un descojono, vamos. Todavía me estoy riendo.

A la llegada, nos apelotonamos unos cuarenta en la misma situación, pero al tren de Perú Rail sólo pudieron subir los peruanos, porque para los extranjeros no querían vender sólo billete de ida. O 70 dólares o nada. No hubo manera de convencer al dependiente, boletero o como quiera que se llame, de que hiciera lo que, según nos explicaron, hacían siempre. Vender sólo un billete de ida. Él se empeñó en querer robar a unos cuantos turistas con ganas de ver Machu Picchu y con caras de desesperados. Quería vender road trip y nadie estaba por la labor de pagar ese dineral. Entonces llamamos al responsable de la agencia, que primero cogió el teléfono para no decir nada y posteriormente lo apagó para que no lo molestáramos. Una gracia.

Después de dos horas en el Abra, una volviendo a Ollantaytambo y tres esperando por un tren en el que nunca subimos, volvimos a Cuzco sin lograr llegar a Machu Picchu.

Continuará…