Pienso en…El circo

Primero salieron los malabaristas. Camisa con rayas rojas verticales, algo anchas. Aplauso general y paseo por el ruedo de tres intrépidos peloteros, faranduleros, igual vestidos que de la misma forma escondían, que lanzaban objetos al aire para tomarlos y volverlos a lanzar. Una borrachera de imágenes que se sucedían sin aparente orden pero en perfecta relación y coordinación. Todos a la vez y de uno en uno. Luego salió el payaso, que hablaba sin parar, aportaba datos, ideas, alguna sonrisa y se volvía a callar, para retomar la payasa palabra, sin tener en cuenta lo que había dicho con anterioridad. El funambulista y su prestigioso equilibrio. Era conocido en el mundo entero por su sobriedad, su seriedad, su saber estar. Vestimenta correcta, camisa a rayas metida por dentro, el pelo algo largo a un lado, recién duchado y perfectamente peinado. Que espectáculo, como andaba por una delgada línea que le llevaba hasta el final de su trayecto para recoger, algo vanidoso, el afecto de las gradas del circo. “Gracias, gracias”, mientras se marcha elegante. Los animales antes selváticos y ahora domesticados salen en tromba y pisotean todo, hacen temblar el ruedo, derrumban la carpa. Removiendo, tirando abajo todo, alterando a un público hasta ahora encantado, para dejarlo todo echo un erial y a volver a empezar.

Así estaba su cabeza cada mañana.

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