Deportados

He tenido la suerte de trabajar en procesos migratorios de varias regiones del mundo. Bueno, más que trabajar, preocuparme por ellos e informar, ya sea mediante reportajes, entrevistas o simples noticias. No es trabajar directamente con el proceso en sí, pero es tocar su entorno. Adentrarse, al menos un poco, en el desarrollo de los mismos. Ver historias de cerca. Palparlas. Olerlas. Y poder contarlas.

Trabajé con el proceso migratorio de Nicaragua a El Salvador. Cubrimos su ruta. Vimos sus inquietudes y necesidades, sus derechos vulnerados, sus mujeres que caian en redes de prostitución, sus hombres explotados en el campo, sus idas y venidas a Western Union para enviar dinero. La madre que piensa que su hija es cocinera. La madre ignorante porque la hija así lo prefiere. Colaboramos con el PNUD a desarrollar esta ruta migratoria.

Vi de cerca como los salvadoreños se iban a Estados Unidos. Lo hacían por México, atravesando Guatemala y luego el país Azteca. Una migración cruda, sin duda. Servida sin cocción en plato de madera con muchas moscas alrededor, moscas que, todas, quieren picar algo, dar una “mordida”. Un plato bien peligroso, en la que los mafiosos sin escrúpulos te pegan un tiro por menos de nada. Te arrojan del tren de la muerte, que, curiosamente, te lleva a la esperanza.

En Canarias, también. No tanto como quisiera, pero he tenido la oportunidad de trabajar el proceso migratorio de África a Canarias. De quedarme asombrado con las historias. De ver nueve cuerpos tirados al sol en Arinaga mientras el pueblo entero asiste desde el terraplen al funeral público. De participar en algún foro para hablar de estas experiencias, precisamente, y de percatarme de que la sociedad canaria, en su mayoría, asiste tangencialmente al fenómeno.

En Ecuador, he tenido la fortuna de volver a trabajar el mismo proceso. La migración global. En este caso, la de los peruanos que vienen hasta Ecuador para buscar el dólar americano que se gana en tierras ecuatorianas. Peruanos que vienen a hacer lo que a los ecuatorianos, receptores de remesas, les cuesta hacer. A los peruanos, que en un momento dado, podrían ser nicaragüenses que emigran a El Salvador o salvadoreños que se van a Estados Unidos.

A todos se le vulneran sus derechos más inherentes por igual. Aquellos derechos que no tienen aunque una carta de las Naciones Unidas diga que sí. Derechos que no son reclamados, porque todos y cada uno de los emigrantes, de los nómadas forzosos de la economía, de los funambulistas que caminan por un delgado alambre que tiembla, temen una palabra: Deportados.

Por esta maldita palabra, algunas mujeres no denuncian a sus maridos por maltrato, algunos empleados no denuncian a sus patronos por explotarlos laboralmente y además pagarles una miseria. Otros no denuncian al policía de migración que los intenta estafar. Algunos no denuncian al casero que les hace pagar una fortuna por cuatro paredes y con suerte un techo. Deportados. Es peor la solución.

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