Penélope Cruz, Kate Winslet y los Oscars

Me gusta el cine, pero no me gustan las galas de entrega de premios. Me gustan las buenas actuaciones, pero no ver a los actores modelar por la red carpet. Toda esa farándula me parece un soberano coñazo, parte de la industria de la moda y del the show must go on.

Penélope sin sal, pero impecable. ¡Viva Alcobendas!

Penélope sin sal, pero impecable. ¡Viva Alcobendas!

Sin embargo, ayer, por primera vez, cuadraba una retransmisión de los Oscars a una hora de persona. No en medio de la madrugada. Nunca madrugué para verlo, de todas formas. Al día siguiente leía las informaciones al respecto y, en todo caso, veia algún video con algún discurso rescatable, además de la clásica pieza de cualquier telediario que se precie. También leía algún comentario de avispados críticos que, por enésima vez, decían que la gala fue un coñazo, demasiado larga, demasiada publicidad y todo esto que es consabido por repetido hasta la extenuidad.

Como decía, ayer la podía ver a las nueve y media de la noche. Y la vi. Desde el principio, eso pensaba yo, hasta que le entregaron el premio a Kate Winslet a la mejor actriz. Reconozco que lo estaba viendo porque tenía curiosidad por el resultado de la nominación de Penélope Cruz y por verla recogiendo un Oscar. Algo así como cuando España juega la final de Waterpolo de las Olimpiadas y te la tragas. Esto era más o menos lo mismo.

Terminé de hacer lo que hacía por casa y sintonicé TeleAmazonas. Acababa de comenzar y entregaban una sarta de premios relacionados con la animación, sonido, efectos especiales y demás cuestiones secundarias pero fundamentales para la elaboración de un film. Entonces, dos horas después, llegó el momento de Kate Winslet que comienza diciendo algo así, traducido, como que “Penélope dijo que se iba a desamayar…”. El premio a Penélope había sido el primero y TeleAmazonas aún no había conectado.

Se encendieron todas las alarmas y consulté las ediciones digitales de los periódicos españoles. Vi a Penélope Cruz con su Oscar en la mano. El discurso. Los agradecimientos. La referencia al desmayo. Me había cascado dos horas de premios, de publicidad, de gala de entrega de premios, de penosa traducción sudamericana para nada. Apagué la tele y consulté lo referente a la entrega del premio a la de Alcobendas. Llámenme poco curioso, poco ilustrado, poco apasionado del cine, pero no hay dios que se lo coma de cabo a rabo. Se acabaron los Oscar para mi.

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