Ruta del Sol (I)

Pi, Pipi, Pipipipi. Suena el despertador. Sábado, 06:30. Arriba. Está amaneciendo. Ducha. Coges la maleta, lista desde la noche anterior.Taxi a la Terminal Terrestre de Guayaquil. Son las 7:00. Hay trasiego. Dos billetes a Puerto López. 4 dólares. 4 horas de bus. Un batido de fresa y una tosta mixta, con queso criollo antes de salir. Cientos de paradas, algunas quejas, empanadillas, pan de yuca, agua helada, agua de coco y más.

Parada larga en Jipijapa. Estación polvorosa pasada las diez de la mañana. Estamos en Manabí. La comida tiene fama de ser la mejor de Ecuador. Huele bien. Falta una hora para llegar. Puerto López, más tierra, más polvo. El mar al fondo. Malecón largo, taxis y mototaxis. Estamos en camapaña y se nota. Banderolas, megáfonos y venta de humo.

Playa de los Frailes, verde + amarillo + azul: Paisaje paerfecto.

Playa de los Frailes, verde + amarillo + azul: Paisaje paerfecto.

Buscamos hotel. Ahí está. Perfecto. Te instalas. Sales a comer, son las doce, pero estás hambriento, llevas seis horas en la carretera. Un filete de pescado en salsa de maní. 3,50 dólares. Barriga llena, corazón contento. Un mototaxi te ofrece una treta para pagar la mitad por entrar al Parque Nacional de Machalillas. Dudas, regateas, le miras, vuelves a regatear. Se pone duro, respondes y acaban acordando el precio. En quince minutos sales. Buscas tranquilidad, una playa enorme y  un paisaje único. A la una de la tarde estás de camino. La carretera bacheada y a tramos de tierra. Llegas a la oficina del guarda y la treta es llevada a cabo. Pagas 6 en vez de doce. No te sientes reconfortado por quebrar el sistema, pero tu cartera sí.

La moto llega al final de su camino. Ahí está. La playa es amplia y bella. El sol azota, el agua se presume fresca. Aparcas la toalla, tiras la mochila, te quitas la camiseta y casi que corriendo arrancas al mar. Es la una y media y el calor no da tregua. Una hora de mar y sol. Te cansas, miras alrededor y vuelves a estar nuevo. Ves un mirador. Quieres subir. Subes. Quince minutos de ascenso, leve, con una escalera de madera acorde al paisaje.

La Tortuguita y La Playita, ahí las ven.

La Tortuguita y La Playita, ahí las ven.

Llegas arriba y respiras. Un pelicano sobrevuela para darte el gusto de verlo. De derecha a izquierda se cuentan tres magníficas playas de arena blanca, un par de islotes, el celeste del cielo, la ausencia de nubes y el mar azul radiante, como contento de verte.  Te alegras. Esto es Ecuador.

Bajas, tienes calor, quieres bañarte. Sin problemas, aparcas la toalla, otra vez, y te vas al revoltoso Oceáno Pacífico, al que, por cierto, quién le puso el nombre no hizo más que cachondearse de su ira. El mismo mototaxi te recoje a las cuatro. A las tres y media estás pidiendo la hora, el calor te ha asado. Importante, te compras un helado antes de entrar, para hacer el camino más fresquito.

Llegas a Puerto López. Una ducha y un ratito de descanso. A eso de las ocho sales y te sientas. Pones los pies en la arena. Miras tras de ti y el mar rompe con fuerza su uniformidad contra el suelo. Pides un daikiri, o no, mejor un mojito. Un par mas. El último por favor, con una ligera dificultad al hablar. Estás flojo, cansado quizás. Vuelves al hotel, a las once está bien. Te acuestas y caes como un príncipe…

(En un rato pongo las fotos…)

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