Rutal del Sol (y II)

Te despiertas, hoy sin alarmas, y miras el reloj. Antes de visualizarlo parece haber pasado siglos desde que ayer, con unos mojitos en el cuerpo, te acostaste. La cabeza quiere doler, pero se lo impides, te lavas la cara y, ahora sí, miras el reloj.

Una imagen generosa de Puerto López. Manabí, Ecuador.

Una imagen generosa de Puerto López. Manabí, Ecuador.

Poco más de las ocho de la mañana. No sabes si alegrate o no, al final optas por lo positivo y piensas que es pronto y así aprovecharás el día. Ducha. A la calle. No son las nueve aún, pero el pueblo ya está fuera. La playa de Puerto López llena, algunos borrachos de la noche anterior se empeñan por cerveza sentados en las ventas. Respiras. Te sientas en un amable y acogedor chiringuito de madera a pie de la playa y pides un juguito tropical.

Abandonas el hotel, tomas un autobús, por 2,50 te lleva de Puerto López a Olón. Hora y media. Por el camino, el espectáculo: Puerto Rico, Ayampe, Salango, pueblos preciosos, réplicas del paraiso adornados con coquetas casetas de cubiertas por palmeras secas que hacen del lugar lo que siempre imaginaste.Algún hostal romántico y otro vistoso. El autobús va a un ritmo infernal. Rápido. Veloz. Peligroso. Parece que lleva ovejas en vez de personas, sin menospreciar al género animal, pero entiéndanme.

Olón, una playa popular para disfrutar

Olón, una playa popular para disfrutar

Olón, llegamos a Olón, grita la chica que hace las veces de cantante de paradas. Otra playa inmensa, un trozo de sandía, bien fresquita, que rica. Al agua. La playa no se si es más ancha o más larga, es descomunal. Un baño. Te secas al sol en cuestión de minutos. Juegas en la arena. Marchas a Montañita, allí saldrá un bus que te lleva hasta Guayaquil. Preguntas, no hay. “Esta full hermano”. Piensas en las van. Una van, para los no iniciado son furgonetas en las que meten a catorce personas y hacen de microbus, nada original. Siete dólares. Listo, que vas a hacer. Pierdes 1,5 con respecto al bus, pero peor sería pasar la noche allí.

Un bañito más en Montañita, algo de comer, un helado, terminas de leer el libro que llevabas, sentado a la sombra en Montañita y piensas que la lectura no tiene precio, pues te traslada paisajes, en este caso era un helado invierno en Rusia, a un soleado día de invierno, pero en Ecuador.

Tomas la van y echas una siesta. En dos horas en Guayaquil. Llegas y sientes como el fin de semana ha sido intenso, pero grandioso.

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