Consternación ininterrumpida: ¡Maldita raza!

No se en qué momento me convertí en algo que desconozco, en algo que no controlo. En algo a lo que no se dar respuesta y apenas atisbo una argumentación.

Voy a intentar explicarlo detalladamente, sin extenderme, pero sin escatimar. Sin escatimar, exactamente así. Anoche asistí como invitado a una fiesta de cumpleaños en una lujosa ciudadela de Guayaquil situada en el no menos lujoso barrio de San Borondón. Antes de ir no sabía a lo que me enfrentaba, porque ni siquiera pensaba en ello.

De camino pasamos por varios barrios desfavorecidos de la ciudad. De esos en los que hay que aminorar la velocidad en los semáforos, sin llegarte a detener por miedo a los asaltos. En los que no hay que ponerte par a par con otro coche. Barrios sin agua potable, con luz eléctrica sólo en la vía principal, con casas de cartón piedra y uralita y niños a las doce de la noche en la calle, sin camiseta, descalzos, pidiendo a cambio de limpiar el cristal delantero y que media hora después son idos a buscar por un sospechoso camión que se los lleva y los reparte en su casa. Esto si corren suerte.

Por esta vía, digo, llegué a la ciudadela del cumpleaños, con tres guardas en la fastuosa entrada. Una casa amplia nos recibió. Sonrisas, música y felicidad. Danzas imposibles, comida y bebida. El whisky, Old Parr, corría como agua mineral. Una infinidad de botellas colocadas detalladamente para el consumo estaban dispuestas para los invitados. Se convidaban cigarros. Tres camareros servian. Un grupo de rock latino de cuatro integrantes tocaba en directo para no más de treinta personas. Un jacuzzi de fondo amenizaba con el brotar del agua la escena entre canción y canción. Nada extraño. Un anfitrión acaudalado que era generoso en su invitación, nada más. Una pantalla plana extremadamente grande enfrente del jacuzzi, hacía las delicias con un video de un concierto añejo de Nirvana, sin volumen, eso sí, que estaban tocando en directo. A las dos de la mañana, cuando los invitados comenzaban a estar tocados del ala, se sirve un bufette extraordinario. Pollo relleno, arroz, ensalada de frutas espectacular y ternera en una salsa deliciosa.

¿Qué le pasa al pobre diablo este que cuenta estas bondades del capital en casa ajena?, se preguntarán. No he dado detalles, no lo crean. Me he arrastrado de forma pueril por la superficialidad. La cuestión que me aborda y me consterna de forna ininterrupida reside en que me no me adapté. No supe estar a la altura. No me dejé de sorprender y les digo que en un país como este, con una pobreza tan extrema en barrios de más de 600.000 habitantes y que a pocos kilómetros, o muchos, de los mismos se haga tal disfrute y ostentación, consterna. No quiero con esto privar a quién tiene de hacer lo que le plazca con su dinero, pero es que hacía menos de diez minutos que un niño sin camiseta con los ojos blancos como perlas y el cuerpo negro como el carbón, y no por la raza, me había puesto la mano y yo con el cristal subido por la inseguridad del barrio donde pide, ni le había mirado prácticamente, más que para llevarme su imagen a la cabeza cada vez que pedía una copa y un camarero con todo lujo de detalles me la servía amablemente.

En ese lapso desperté. Me sucedió algo más anoche, en la misma fiesta.  Cada vez que se descorchaba una botella de whisky ante mis ojos, o cuando iba al baño con sus lujosas piezas, o cuando el bufette fue servido o simplemente cuando al aparcar ante la casa una tropa de coches de más de 30.000 dólares nos recibió, me acordé de que otros, a apenas unos kilómetros, no tienen vida para ocio, de que otros no tienen aseo en casa y lo hacen en calles de barros sin alcantarillas, de que otros apenas tienen para comer arroz y se lo comen con la mano porque los cubiertos son un gasto innecesario, un exceso.  O simplemente de que otros se transportan en canoa, no tienen centros sanitarios, sus hijos casi no pueden recibir educación y son unos malditos parias que viven atolondrados en los cerros de la ciudad sin mayor esperanza que vivir el segundo en el que se encuentran y pensar en que le darán de comer a sus siete hijos mañana, porque tampoco tienen para anticonceptivos ni han recibido educación sexual ni nada de nada. En ese maldito momento te paras a pensar en lo injusto que es este puto mundo en el que vivimos y en que somos unos benditos afortunados que no sabemos lo que tenemos entre mano. En ese preciso instante la consternación ininterrumpida se me instaló en la cabeza y no me saco de ella una frase que escuché a un periodista ecuatoriano que mientras redactaba un reportaje gritaba: “Maldita raza, que maldita raza. ¿Qué estamos haciendo mal?

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