Algunos a la vida le llaman crisis

Lucas se monta en la canoa, que parte silenciosa río abajo.

Gina Zepeda con su familia: Joel, Aaron y Noé.

Gina Zepeda con su familia: Joel, Aaron y Noé.

Está en Las Maravillas, provincia del Guayas, Ecuador. Visita varias viviendas que se han inundado en los días recientes. Está impactado. Escucha historias difíciles de digerir y se le atraganta el nudo de tristeza que no baja de la garganta, pero está trabajando, ha de seguir adelante. Más casas. Más historias. Más nudos. Finalmente llega a casa de Gina Zepeda. Una joven ecuatoriana de 22 años. Lucas le explica el motivo de su visita y Gina vacila un instante. Enseguida sonríe y permite la entrada a su humilde casa. Lucas entra tímido.

Gina nunca ha concedido una entrevista, ni nunca los grandes medios se interesarán por ella. Ese abril floreado que son los 20 años fue prematuro y se torna algo marchito en su cara, aunque con sonrisas que iluminan las flores restantes. Gina no conoce a Madoff. Ni cotiza en bolsa. No tiene empleo, ni subsidio por falta de trabajo. No tiene agua potable. Ni ninguna carretera cerca de su casa. La luz se ha fastidiado porque se le quemó la bombilla. Gina tiene tres hijos: Joel, Noé y Aaron, de cinco, tres y un año respectivamente. El invierno pasado estaba embarazada de Aaron, el más jóven. En mitad de la madrugada rompió aguas y con el rio al alza, tuvo que tomar una canoa para desplazarse hasta Las Maravillas. Ahí, en plena madrugada, buscar un auto que la llevara a Daule, donde, a más de media hora de casa, se encuentra el centro sanitario más cercano. Finalmente llegó y Aaron tiene los ojos como platos, mientras su madre cuenta la historia como una aventura anecdótica, otra más.

Una ventana abierta a la esperanza.

Una ventana abierta a la esperanza.

Gina le cuenta a Lucas como consiguió su casa. Hogar de Cristo, una ONG internacional, en su sede de Ecuador da facilidades para ello. Vende casas de madera, hechas de manglar, que cuestan 800 dólares. La cuota mensual oscila entre 10 y 20 dólares. Mucho dinero para Gina. La casa es de un sólo cuarto y en él duerme su marido, sus tres hijos y ella misma. También, en el mismo cuarto, está la cocina, los pocos enseres de la vivienda y algún mueble manufacturado.

Lucas se interesa por cómo se vive una noche en la que el cielo se abre y el agua cae a mares. Gina no sabe por donde empezar: “Esas noches ni se duerme, oiga”. La casa está forrada por dentro con plástico, porque entre las rendijas se cuela agua. “El viento la trae para dentro”.

Lucas, Gina y los tres inquietos niños salen fuera para rodear la casa. Los pies de los crios están descalzos y embarrados. Un cerdo se aparta para poder pasar. Otro cerdo aparece. También se acaba quitando de enmedio. Debajo del hogar, un palomar. Delante, un rio. Detrás, el desbordamiento del mismo. Gina alza la mirada y ve nubes negras, pero “no va a llover, ya verá”. Lucas acepta la predicción meteorológica y horas después comprueba la sabiduría de la experiencia.

Pasados unos minutos y realizado el trabajo previsto, Lucas se despide de Gina. Ella hace un ademán de despedirlo, pero su padre, que estaba en la vivienda durante la visita, pide que suban “un ratito nada más”. Lucas acepta. Una vez dentro, es obsequiado con un plato de arroz con chorizo. “Para que meriende un poquito”, dice sonriendo. El hijo mayor de Gina no para de hacer preguntas. Lucas, atormentado, por un momento, se acuerda de la crisis internacional. Se acuerda de sus problemas, y estos, de repente, se esfuman de un zarpazo. Gina camina nerviosa por casa, sonrie y está contenta de tener visita. Algo avergonzada, quizás. A sus 22 años y con tres hijos, ha mostrado su vida a un periodista, sin pudor, sin ningún tipo de escondite. A la vida, a las dificultades, muchos le llaman crisis, para otros es su vida.

Lucas parte y monta en la canoa. Permanece callado. Apenas habla hasta que pasa un rato y ha logrado tragar alguno de sus nudos. Se siente afortunado.

Un pseudónimo, llamado Lucas, ha servido para escudar al autor de contar esta historia en primera persona, una historia que, a su juicio, no podía no ser contada.

Esta crónica la escribí tras realizar un reportaje para El Telégrafo y fue publicada en Tinta Digital.

Aaron, hijo de Gina, con los ojos como platos. Su madre mira las nubes en el horizonte, que se acercan negras.

Aaron, hijo de Gina, con los ojos como platos. Su madre mira las nubes en el horizonte, que se acercan negras.

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