No soy Tarzán, ni tengo liana

Dicen que pasan seis meses hasta que superas el llamado shock cultural, pero en este punto, cuatro meses largos después de mi llegada a Guayaquil, he de añadir un delicado, suave y moderado: ¡Los cojones!.

Me explico: El shock cultural está superado, creo, pero sin embargo, hay parte de la cultura y del conflicto cultural que no sale nunca del shock. Ni entre ciudadanos ecuatorianos, estoy seguro. Un ejemplo son los autobuses. El titular de este post, mal hago explicándolo, pues se tendría que entender al finalizar la lectura, recae en la actitud machista de los conductores, pero no para con las mujeres, sino con los hombres. También con las féminas, pero esa es una historia más grave y larga de contar.

Les digo que con los hombres por lo siguiente. Se levanta una señora. Mediana edad, sin nada en las manos. El autobús para, se detiene, la señora baja sin dificultad alguna. Más adelante. Me levanto. Me acerco a la puerta. La guagua hace amago de frenar pero no para. Yo sigo ahí, esperando al lado, con la tentación de bajar esperando a que se detenga. Vuelve a dar un acelerón. Miro al conductor y le pido que pare. Me dice: “ya paré y no se bajó ¿qué quiere ahora, que pare otra vez?”. Sí, respondo amablemente. Vuelve a hacer amago de parar y no para. “Láncese”, me dice. Que sí, que no, que sí, que no, al final no. Parecíamos el aprendiz de nadador y el experto que le dice que se lance, que no se va a ahogar.

Pero ¿qué cree? Que soy Tarzan y me voy a colgar de una liana para, de un salto, cual atleta jamaicano, llegar hasta la acera. Me sigo negando a hacerlo mil viajes después y habiéndolo intentado, no sin estar a punto de ostiarme contra el suelo y comer hormigón, que no alquitrán, a la par que dejar mis adoradas paletas incrustadas tres centímetros en la carretera, mientras otro coche me pasa por encima sin piedad alguna, porque por supuesto para en la mitad de una vía de tres carriles.

No hace falta ser Tarzán, aunque yo lo crea. He visto saltar a hombres trajeados con maletín en una mano y papeles en la otra; a hombres con niños en brazos; a vendedores con una gran bandeja de humitas, de empanadas o de vaya usted a saber qué en los brazos, sin torcerse un mísero tobillo, sin despeinarse sus enlacados cabellos; es más sin inmutarse. Mientras tanto, hasta ahora, sólo los admiro. Me han hablado del truco,, de si un pie delante y otro abierto detrás; de si cuando se toca el suelo hay que dar unos pasitos como en una minicarrera; pero no lo veo.

Tras una semireyerta con el conductor, que a la vez que habla conmigo, toca la pita sin cesar, sortea unos cuantos vehículos y logra colarse por el carril central, inexistente, por supuesto, el semáforo está rojo y aprovecho contento, como vencedor de una batalla, para bajar con el autobús totalmente quieto. Que gusto más tonto. Se baja conmigo otro hombre, con el que comento la anecdótica situación y también comparto mi frustración. Me dice “normal que no lo entiendas (sólo le faltó darme una palmadita en la espalda), y más siendo gringo, los hombres aquí saltamos sin parar, sólo se detiene para las mujeres”. Oh valientes. Y ¿qué soy yo? No soy gringo, pero lo acepto. Es más ¡ni green, ni go!. En fin, que ahora estoy recién llegado a casa, con el síndrome del occidental oxidado, incapaz de lanzarme de un autobús en marcha, cuatro meses después. Que desgracia.

10 comentarios

  1. Yo ni cuatro meses después ni seis… estamos locos o q.. jeje

  2. No te deprimas…aquí pronto las guaguas ni siquiera arrancarán….jeje….tendrás todo el tiempo del mundo para bajarte…(otra cosa ya esque quieras que te trasladen, pero chico….todo no puede ser tampoco)…y como estás a puntito de volver, mejor conserva las paletas y déjate faltar el respecto con eso de gringo…pero no saltes, nen!!!

  3. tio, me he hartado de reir con tu historia del autobus…
    será porque de alguna u otra forma me siento identificado.
    cuidate

  4. Yo soy de los que se tiran…y te digo, la primera vez di 2 vueltas y levante mucho polvo.

    Por un momento, con eso del shock , crei que estabas por contar que te habian vendido algun articulo inesperadamente “en bolsa” , como todo lo que encontraste aqui en mi pais.

    Pero que bueno que estas entero,… la proxima ensayamos con mi VW !!

  5. Es tremendo…

    Y yo que creía que tras ir por carreteras del sur de México había visto cosas raras…

  6. El problema lo tienes por no haber visto mucho El Equipo A. Yo aprendí a tirarme de los coches y rodar sobre mí mismo viéndolos a ellos… Txema, es que no puedes ser tan erudito y no ver la tele, coño…. un poco más de cultura…. gringo de miel#@

  7. Jajaja Me ha gustado tu relato real, y me alegro de que conserves tus adoradas paletas y de que no hayas tenido que probar el alquitrán. Parece que todavía el hombre tiene que demostrar que es hombre cada dos por tres. En fin… Un besito grande Texma

  8. Madre mía del amor…

    Yo te recomiendo, que en el último viaje que hagas (dijo el último, porque si haces otro igual te hostian, pero dentro) cuando veas que se aproxima tu lugar de destino, dejas una bolsa con unos cablecitos aparentes y te pones como un loco, gritando: ¡¡¡¡¡Pare, pare por Dios, hay una bomba en la guagua!!!!! Vamos a morir todos!!!! Abra y salgan todos, rápido!!!!! (etc, hasta que te hagan caso y se desate el pánico colectivo)

    Y si funciona, por lo menos te das el gustazo de dejarles el síndrome del terrorismo, antes de marcharte

    (si funciona, corre mucho)

    Un beso,

    ya nos contarás si lo haces!

  9. Sí, yo se que tú eres de lo que saltas. Al menos antes sí. Y me hablaste del truco Ricardo, pero ya ves, hoy por la mañana me volveré a enfrentar a ello y al final no lo haré. Eso sí, mejor estas historias que otras de autobuses que me pasaron en tu tierra…

  10. Querido Txema,

    Yo tampoco lo haría… Y no es bueno aprender… No vaya a ser que cuando aprendas, una te salga mal y vuelvas con 3 dientes menos y con un brazo roto…
    Mi padre es conductor de autobuses. Siempre para, en cada parada, en cada localidad. Siempre. Es deber, seguridad y tranquilidad. La idea que nos cuentas aquí no se concibe.

    Un abrazo

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