Pequeños Placeres: Echar la siesta en casa de mis padres

No es un secreto que disfruto de Valsequillo, mi pueblo natal, como si cada vez que voy hiciera años que no aparezco por allí. Pero hay algo del pequeño pueblo de medianías que me tiene más que contento y que no pensaba que fuera a extrañar tanto: Las siestas.

Acabas de comer y con la marea alcalina activada te recuestas con el airito que corre, la temperatura idónea para tener una sábana por encima, el loro diciéndo barbaridades en la terraza y ningún coche cacareando chatarra a kilómetros a la redonda.

Así da gusto echar una siesta, y la vida entera viendo reverdecer con un buen libro entre manos.

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Pequeños placeres: Librar entre semana

Ayer hablaba con Esther, tras comer, mientras el cortado largo, clarito, con leche no muy caliente escupía algo de humo. Hacía un tiempo que no comía con ellos y nos dábamos un repasito. Le confesaba que tengo un pequeño placer oculto: Librar entre semana.

Por el ritmo de vida y los hábitos que tengo no me aporta más librar un domingo que un lunes. Es más, prefiero hacerlo el lunes. Administrativamente es mejor. Además, como casi todo el mundo trabaja, pues como que vale doble. Las Canteras y sus terrazas están vacías y eso da gusto. Retiras la silla, la haces para atrás, te sientas, apoyas la bolsa en el suelo y el libro en la mesa: “Una cañita por favor”, le dices al camarero, y entonces abres el libro por la página 232, por la que ibas. Cerveza, lectura, sol y playa. Además todo sin niños corriendo, sin playa masificada, sin gritos domingueros o sin la voz de la playa diciendo que hay aguavivas.

Pues sí, siento un pequeño placer cuando entre la marabunta trabajadora de cualquier lunes, especialmente, voy sonriendo porque ese día no tengo que trabajar.