Olores de Guayaquil

Tomó sus gafas de encima de la nevera, de 1 metro de alto, no se crean que hablamos de gigantón, y cerró la puerta apurado. Llegaba tarde, como casi siempre. Sigue leyendo

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Nostalgia clavada

Mar de nubes que llega

Mar de nubes que llega

Se apaga una luz y se enciende otra. A veces encandila y la vuelves a apagar. Cierras la puerta o la dejas tornada, como quieras. Pasas la página definitivamente o la marcas, para no olvidarte que en aquella hay una frase, una expresión, unas letras que quieres volver a recordar cuando te apetezca. Si te vas, esperas volver y cuando no lo haces lo anhelas, aunque sea un ratito para refrescar. Cuando llegas te quieres ir y cuando te vas, sientes que el tiempo pasó tan rápido. Tan inquieto con el mundo y tan seguro de Canarias. Hace que cada viaje, aunque sea por un rato, sea una Luna de Hiel. Podré viajar y conocer; trabajar, vivir y sentir en cualquier otro lugar del planeta, pero, afortunada o desgraciadamente, siempre me quedará mi tierra como elemento nostálgico clavado en lo más profundo de mi. Que ni vive ni deja vivir, ni ata ni suelta del todo. Así voy como una paloma mensajera, corro, vuelo, llevo el mensaje por el mundo, pero siempre regreso.

Pienso en…Un Atitlán humano

A Laura;

En ocasiones nos quedamos alelados observando un paisaje real con sus montañas, sus colores, su perfecta ubicación y la música que suena de fondo. Si no suena, nos la imaginamos. Pagamos por desplazarnos hasta allá, a veces lejos, o escogemos una fecha especial para disfrutar de aquel otro lugar. Pero con el tiempo he aprendido que los paisajes también son humanos. De vez en cuando, tenemos al lado ingentes paisajes humanos de los que disfrutar, con los que aprender y además dinámicos. Dignos de sentarnos a observar. Transformables. Con capacidad de adaptación. Capaces de convertir un tarde lluviosa, llena de relámpagos, con calles encharcadas y nubes negras en el horizonte, simplemente en una tarde. Una sonriente y cálida tarde.

Recuerdo perfectamente, como si fuera ayer, como miraba impresionado el lago Atitlán, en Guatemala. Y lo volvía a mirar. Bebía café apurado y lo volvía a mirar rapidamente, no se fuera a ir. Pensaba en el cúmulo de impresiones, de sensaciones, que aquel lugar con aquella combinanción de elementos me hacía llegar. En todas las esquinas disfrutaba y con cada rincón me enamoraba del lugar. En un pueblo o en otro, da igual San Pedro que Panajachel, todo forma parte del lago Atitlán y este lo vigila, calmado, tranquilo. No esperaba, eso sí, poder encontrar una persona que me recordara o significara para mi lo que fue aquella imagen. Una persona tan grande como el propio lago. Divertida, humana y a la que, como al lago, hay que escuchar.

Pienso en…La máquina del tiempo

El ser humano, por no decir hombre que no me gusta nada, lleva años intentando inventar una máquina que haga desaparecer a la materia, en principio, y al ser humano al final. Intentan con la ciencia lo que el hombre, por no decir ser humano que tampoco me gusta demasiado, puede hacer. Sólo basta con abrazar y besar a alguien por la que sientes un profeso amor y desaparecerás. Puedes estar rodeado de gente en el bar de moda, que el espacio sólo estará ocupado por los dos implicados. Se mirarán. Cerrarán los ojos. Y se besarán hasta la extenuidad. Cuando despierten, verán lo que hay alrededor, pero durante unos instantes habrán desaparecido sin la necesidad de la ciencia, sino de la química que llevamos en el interior. Esa es la auténtica máquina del tiempo.

Pienso en…El circo

Primero salieron los malabaristas. Camisa con rayas rojas verticales, algo anchas. Aplauso general y paseo por el ruedo de tres intrépidos peloteros, faranduleros, igual vestidos que de la misma forma escondían, que lanzaban objetos al aire para tomarlos y volverlos a lanzar. Una borrachera de imágenes que se sucedían sin aparente orden pero en perfecta relación y coordinación. Todos a la vez y de uno en uno. Luego salió el payaso, que hablaba sin parar, aportaba datos, ideas, alguna sonrisa y se volvía a callar, para retomar la payasa palabra, sin tener en cuenta lo que había dicho con anterioridad. El funambulista y su prestigioso equilibrio. Era conocido en el mundo entero por su sobriedad, su seriedad, su saber estar. Vestimenta correcta, camisa a rayas metida por dentro, el pelo algo largo a un lado, recién duchado y perfectamente peinado. Que espectáculo, como andaba por una delgada línea que le llevaba hasta el final de su trayecto para recoger, algo vanidoso, el afecto de las gradas del circo. “Gracias, gracias”, mientras se marcha elegante. Los animales antes selváticos y ahora domesticados salen en tromba y pisotean todo, hacen temblar el ruedo, derrumban la carpa. Removiendo, tirando abajo todo, alterando a un público hasta ahora encantado, para dejarlo todo echo un erial y a volver a empezar.

Así estaba su cabeza cada mañana.

Pienso en…Mi raya verde

Desde hace unas semanas alguien convive conmigo. Ella apareció inesperadamente. Nadie la invitó a esta fiesta pero aquí se instaló. Ahí, a un lado, ahora viaja conmigo. Es delgada y no molesta. No hace ruido, ni se mueve. Poco a poco la voy aceptando. Al principio la miraba más, me despistaba, pero su quietud, está helada, hierática, me ha acabado cautivando y ahora es mi compañera. Vivió en Canarias unas semanas y ahora ha decidido que se viene conmigo al otro lado del mundo. Al llegar, comprobé que no se había extraviado en el viaje, allí estaba. Pensé que quizás se quedaría, más cómoda, en Canarias, pero decidió acompañarme. La raya verde que tiene la pantalla del portatil parece que ha llegado para quedarse. Para viajar. Para ver lo que miro en el ordenador y para leer antes que nadie cualquier letra que escriba. La raya verde será testigo de lo que me pase. Seguramente Netito me podría dar una explicación de su procedencia, pero no lo he preguntado, pues aún la miro con sorpresa y desconfianza.

Saluda raya…no, dice que no quiere saludar. En fin, una vez presentada, sigamos.

Pienso en…La hipocresía

Última hora del domingo. Después de ver La vida es bella de Roberto Begnini, algo tarde, prendo la televisión para ver si la programación ecuatoriana ofrece alguna sorpresa positiva. Hubo suerte. Un buen reportaje desgranaba parte de las desgracias de los presos que se encuentran internos en la cárcel de Quito. Varios ejemplo: Uno se había quedado paralítico después de un “mal golpe” de los “guías de la cárcel”. Otro tenía una tienda, nevera incluida, dentro del penal. Alguno enseñaba puñaladas en la barriga, espalda, pecho y cuello. En una cárcel para 300 personas hay 1.200, imaginen un poco el resto.

La gota que colma el vaso, la pone el jefe de los guías del penitenciario. Habla sobre la droga. La consiente. Dice que irremediablemente “es un mal necesario”. Previamente, varios presos habían salido en imagen, sin mayor problema, consumiendo cocaína, marihuana y heroína. Un mal necesario. Dicen que la droga les evade del problema y que por un momento se sienten “fuera del infierno”. Un mal necesario.

Lo cierto es que me alerté. Si eso pasaba en España, al día siguiente rodaría la cabeza del “jefe” de la penitenciaría. Pero lo haría por hablar, porque pasar pasa y no ruedan cabezas. Me sorprendí, entonces, de que lo que me había alertado era la falta de hipocresía. La hipocresía, un valor al alza cuando no queremos escuchar lo que hay, anestesia las sociedades. Mientras no se cuente, no sucede, aunque sepamos de sobra que las cosas pasan. Un profesor en la Universidad de Granada, en la carrera de Ciencias Políticas, me dijo una vez que “si al mundo le quitaramos el factor influyente de la hipocresía, nada sería tal y como es ahora, así que es fundamental”. Quizás lo fundamental sería erradicarla, para que todo cambie.

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