Machu Pichu Express: Día 2.Guayaquil-Tumbes-Mancora

Me despertó el olor a gas. Eran las siete de la mañana y rodaba en un taxi hacia la terminal terrestre de Guayaquil. Como tantos otros aquí, el taxi en el que iba se impulsaba con gas. Una bombona tapada por una manta y a correr. Sólo que en esta ocasión, tenía un pequeño escape, que lejos de adormecerme como a los canarios en las minas, me alertó.

Perdimos por cinco minutos la guagua que cruzaba la frontera con Perú de forma directa y tuvimos que agarrar la que no es directa. La que hace 50 paradas. La que se casca en siete calurosas, apretadas e infernales horas un trayecto de cuatro entre Guayaquil y Huaquillas, previo paso por Machala.

Por el camino, se podrán imaginar, dio tiempo de una cabezadita, una horrorosa película americana de extraterrestres y a un menú completo. A saber, en el autobús se ofreció: Seco de pollo, empanadas de queso, yuca, papa rellena, soda, agüita helada, caramelos, pulseras, collares, agua de coco, jugo de coco, el coco y hasta la madre si los dejan. Que conste que no me parece mal que suban la tienda a la guagua, solo que siete horas oliendo a pollo en un bus de 40 con 70 personas dentro, cansa un poco. Al final aquello con tanta gente y tanto pollo parecía un corral, eso sí con regaetton para amansar a las fieras.

Huaquillas. Ciudad frontera. Locura garantizada. Estamos de paso. Entrometerse en la calle principal es una odisea. Está plagada por cientos de puestos de ventas de todo tipo. A estas alturas ibamo acompañados por una pana peruana, Karin, que habíamos encontrado en el corral. Llovían ofertas de taxi desde todos los rincones, buses, motos, motobuses, taxibuses, mototaxi, cualquier combinación era perfecta para ellos. Pero, en oidos cerrados no entran moscas, o eso era en boca, pero da igual. No entraron.

Finalmente, previo paso por migración de Perú, llegamos a Tumbes. Comimos en un folclórico garito por poco más de un dolar que se llamaba Casa Pepe. Después de una rápida, inesperada y fructífera gestión nos vimos otra vez en la Panamericana, montados en una Nissan Vanette con sacos de arroz en el techo y 17 nativos dentro. Mientras tanto, apretaditos pero económicos, disfrutabamos mirando la soprendente costa norte peruana.

Ahora estamos en Mancora, pero esa es otra historia que ya les contaré mañana..

PD: Disculpen las faltas, faltas de espacio o espacioes en blanco, pero escribo en una pantalla un poco udimentaria y apenas veo lo que ecribo.

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