Un taxista de Guayaquil

Pequeño, delgado, moreno, con un cuidado bigote y una funda en el brazo izquierdo para que el sol no se lo tueste más de lo que está. Muchos años en la carretera. El taxista decidió que en el trayecto por 1,50$ le contaría su vida. Así pués, comenzó en 1973 cuando emigró de su Manabí natal para trabajar en un gran almacén de frutas. Dos años anduvo en eso, vio mucho dinero que pasaba de manos en manos, mientras él sólo lo llevaba y traía, pero siempre entregaba. Pasaba de largo. Dos años anduvo en eso y en 1975 decidió montarse por su cuenta y ganar hasta cuatro veces más. Se compró una casa, luego otra, más espaciosa y alquiló la primera. Casi le cuesta la vida una visita rutinaria a su inquilino que trapicheaba con drogas. Se casó con una gran mujer y tuvo dos hijos. Hoy, además de taxista, ejerce de cuentahistorias de una ciudad a la que vio crecer: Guayaquil.

Me llegó otra vez

Cada cierto tiempo, y como efecto no se de qué, me llega una inapetencia bloguera que no termino de descifrar. Compleja como un cuadro de El Bosco. Me planto ante el ordenador y no me sale nada de lo que quiero escribir. Comienzo todo y todo acaba en el saco de los borradores, que algún día iré desempolvando para ver de que quería escribir. Esta semana he dejado ahí a Soria, porque me entraban naúseas, al chaval que asesinaron en Las Palmas de Gran Canaria, porque no me atrevía, a una carta anunciando que ya no vivo en España, porque resulta evidente para los conocidos e insignificante para los que no me conocen, y algunas cositas más.

Esta vez, como digo, me ha durado poco. En otras ocasiones ha pasado un mes sin que un sólo post salga publicado. Pero, resulta, que este fin de semana voy a hacer un pequeño viaje y estaré desconectado. Me voy a Cuenca, una ciudad Patrimonio de la Humanidad, situada en la sierra de Ecuador. Ya les contaré que tal me fue y otras batallas de los medios que me encuentre en la red.

Buen fin de semana.