Olores de Guayaquil

Tomó sus gafas de encima de la nevera, de 1 metro de alto, no se crean que hablamos de gigantón, y cerró la puerta apurado. Llegaba tarde, como casi siempre. Sigue leyendo

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Pienso en…Un Atitlán humano

A Laura;

En ocasiones nos quedamos alelados observando un paisaje real con sus montañas, sus colores, su perfecta ubicación y la música que suena de fondo. Si no suena, nos la imaginamos. Pagamos por desplazarnos hasta allá, a veces lejos, o escogemos una fecha especial para disfrutar de aquel otro lugar. Pero con el tiempo he aprendido que los paisajes también son humanos. De vez en cuando, tenemos al lado ingentes paisajes humanos de los que disfrutar, con los que aprender y además dinámicos. Dignos de sentarnos a observar. Transformables. Con capacidad de adaptación. Capaces de convertir un tarde lluviosa, llena de relámpagos, con calles encharcadas y nubes negras en el horizonte, simplemente en una tarde. Una sonriente y cálida tarde.

Recuerdo perfectamente, como si fuera ayer, como miraba impresionado el lago Atitlán, en Guatemala. Y lo volvía a mirar. Bebía café apurado y lo volvía a mirar rapidamente, no se fuera a ir. Pensaba en el cúmulo de impresiones, de sensaciones, que aquel lugar con aquella combinanción de elementos me hacía llegar. En todas las esquinas disfrutaba y con cada rincón me enamoraba del lugar. En un pueblo o en otro, da igual San Pedro que Panajachel, todo forma parte del lago Atitlán y este lo vigila, calmado, tranquilo. No esperaba, eso sí, poder encontrar una persona que me recordara o significara para mi lo que fue aquella imagen. Una persona tan grande como el propio lago. Divertida, humana y a la que, como al lago, hay que escuchar.

Pienso en…La máquina del tiempo

El ser humano, por no decir hombre que no me gusta nada, lleva años intentando inventar una máquina que haga desaparecer a la materia, en principio, y al ser humano al final. Intentan con la ciencia lo que el hombre, por no decir ser humano que tampoco me gusta demasiado, puede hacer. Sólo basta con abrazar y besar a alguien por la que sientes un profeso amor y desaparecerás. Puedes estar rodeado de gente en el bar de moda, que el espacio sólo estará ocupado por los dos implicados. Se mirarán. Cerrarán los ojos. Y se besarán hasta la extenuidad. Cuando despierten, verán lo que hay alrededor, pero durante unos instantes habrán desaparecido sin la necesidad de la ciencia, sino de la química que llevamos en el interior. Esa es la auténtica máquina del tiempo.

Pienso en…El circo

Primero salieron los malabaristas. Camisa con rayas rojas verticales, algo anchas. Aplauso general y paseo por el ruedo de tres intrépidos peloteros, faranduleros, igual vestidos que de la misma forma escondían, que lanzaban objetos al aire para tomarlos y volverlos a lanzar. Una borrachera de imágenes que se sucedían sin aparente orden pero en perfecta relación y coordinación. Todos a la vez y de uno en uno. Luego salió el payaso, que hablaba sin parar, aportaba datos, ideas, alguna sonrisa y se volvía a callar, para retomar la payasa palabra, sin tener en cuenta lo que había dicho con anterioridad. El funambulista y su prestigioso equilibrio. Era conocido en el mundo entero por su sobriedad, su seriedad, su saber estar. Vestimenta correcta, camisa a rayas metida por dentro, el pelo algo largo a un lado, recién duchado y perfectamente peinado. Que espectáculo, como andaba por una delgada línea que le llevaba hasta el final de su trayecto para recoger, algo vanidoso, el afecto de las gradas del circo. “Gracias, gracias”, mientras se marcha elegante. Los animales antes selváticos y ahora domesticados salen en tromba y pisotean todo, hacen temblar el ruedo, derrumban la carpa. Removiendo, tirando abajo todo, alterando a un público hasta ahora encantado, para dejarlo todo echo un erial y a volver a empezar.

Así estaba su cabeza cada mañana.

Un taxista de Guayaquil

Pequeño, delgado, moreno, con un cuidado bigote y una funda en el brazo izquierdo para que el sol no se lo tueste más de lo que está. Muchos años en la carretera. El taxista decidió que en el trayecto por 1,50$ le contaría su vida. Así pués, comenzó en 1973 cuando emigró de su Manabí natal para trabajar en un gran almacén de frutas. Dos años anduvo en eso, vio mucho dinero que pasaba de manos en manos, mientras él sólo lo llevaba y traía, pero siempre entregaba. Pasaba de largo. Dos años anduvo en eso y en 1975 decidió montarse por su cuenta y ganar hasta cuatro veces más. Se compró una casa, luego otra, más espaciosa y alquiló la primera. Casi le cuesta la vida una visita rutinaria a su inquilino que trapicheaba con drogas. Se casó con una gran mujer y tuvo dos hijos. Hoy, además de taxista, ejerce de cuentahistorias de una ciudad a la que vio crecer: Guayaquil.

El ‘Tratado de los días’

Mientras el tratado de los días se va firmando sin sede oficial, sin que deje de pasar el tiempo y los segundos corran su maratón particular, el mundo no para de rodar y dejar lágrimas, sangre, hambre y más injusticias ante las que poco/mucho podemos hacer. Metafísica para los justicieros sin herramientas o con ellas pero ignoradas. Mientras el tratado de los días nos atrapa en su vertiginosa velocidad, salirse de la furia y del ruido aporta una tranquilidad inquietante ante la que poco/mucho podemos hacer.

Mientras alguno lo firman con pajaritas y corbatas, tras micrófonos y atriles, lejos del pueblo por puro protocolo e importancia de los cargos, los dirigidos, súbditos o como nos quieran llamar, nos mantenemos en las trincheras de nuestros problemas individuales, ensimismados en dificultades personales, sin sentido de grupo que, de existir, acongojaría a los de las corbatas, micrófonos, corbatas, atriles y bolsillos largos.

Mientras el elixir del individualismo siga embriagando a las sociedades por imposición de los teóricos reaccionarios que confiaron en el éxito individual por encima del grupo, estamos perdido en un mar de indecisiones. El individualismo genera el éxito de uno o unos pocos. Si no miren al mundo.

Epílogo del 2008: 2. En medio de la estafa de La Gaceta de Canarias

Parte 2.

2008 se va. Se fue. Se está yendo. Y aunque la estafa sea en salsa y elaborada en cocinas privadas no exentas de medios de comunicación, es real. Existe y ha dejado a mucha gente en la calle. Entre ellas, yo. Y muchos amigos, algunos compañeros y otros que no lo son. Me advirtieron y dijeron que sólo duraría cuatro meses, pero que más da, todo al carajo, fueron cuatro meses intensos, intensivos, interesantes e importantes. Me advirtieron y dijeron que hacer nacer un medio nuevo no era fácil y tenían razón. Muchos de los que lo decían nunca lo habían intentado, pero tenían razón. Prefería arriesgar a la estabilidad, es lo que hay. Hay riesgo, hay tensión, hay inestabilidad y hubo un revolcón. Peché decía que los revolcones le ayudan a saber que estaba viva y con 25 años sentirme muerto no era lo que quería. Un margullo y a seguir nadando, que el océano es grande. Tragué algo de agua salada, pero nada que me ahogue. Aunque, por momentos, estuve angustiado nadando hacia una superficie que no encontraba. Menos mal que ahí estaban los compañeros de naufragio, a los que me pude agarrar,  salir todos a flote y arrimarnos a una orilla de solidaridad y compañerismo en la que el dinero no era lo más importante. Sin amarres me quedé y en libertad pude navegar, por lo que ahora, lejos y con algo de perspectiva, reconozco que no fue un crucero de lujo, sino una aventura de piratas en la que los ladrones se llevaron el botín y a algún rehén traidor, pero no nuestra alma que es lo que nos quedará para siempre. El dinero va y viene, la credibilidad y la amistad solo tiene un puerto y un atraque: la verdad.